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05.02.2012

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Cuando éramos honrados mercernarios

 Cuando éramos honrados mercernarios  (Arturo Pérez Reverte, en Patente de Corso, XL Semanal, del 31 de mayo al 6 de junio de 2009)  

¿Cuántos periodistas de verdad quedan en España? El artículo de Pérez Reverte confirma una impresión que muchos tenemos desde hace tiempo: el deterioro de la profesión periodística en España, donde la adhesión ideológica y la entrega apasionada e inquebrantable a las preferencias políticas del medio de comunicación para el que se trabaja es hoy norma que pocos se atreven a quebrantar, ante la amenaza de la travesía por el desierto. Noticiarios donde no se informa, sino que se describen hechos acompañados de juicios de valor, consignas, y descalificaciones de personas o instituciones. “Periodistas” que pretenden formar al ciudadano, como si éste fuese un idiota incapaz de valorar por sí los propios hechos que acontecen a diario. De lo expuesto por Pérez Reverte destacamos lo siguiente: 

“… Cada cual tenía sus ideas particulares, por supuesto; pero estamos hablando de periodismo. De pan de cada día y de reglas básicas. Éstas incluían aportar hechos y no opiniones, no respetar en el fondo nada ni a nadie, y ser sobornables sólo con información exclusiva, mujeres guapas —o el equivalente para reporteras intrépidas— y gloriosas firmas en primera. En el peor de los casos, los jefes compraban tu trabajo, no tu alma. Ser periodista no era una cruzada ideológica, sino un oficio bronco y apasionante...

 

Es tan perversa la política actual que la frontera entre información y opinión, alterada en las últimas décadas por un compadreo poco escrupuloso con los partidos y la gentuza que en ellos medra, se ha ido al carajo. Contagiados del putiferio nacional, algunos periodistas de infantería se curran hoy el estatus sin remilgos. Tal como está el patio, según el medio que les da de comer, se ven obligados a tomar partido, de buen grado o por fuerza, alineándose con la opción política o empresarial oportuna. Antes podían manipularte un titular o un texto; pero al menos lo defendías como gato panza arriba, ciscándote en los muertos del redactor jefe, que además era amigo tuyo. Un buen periodista podía pasar sin despeinarse de Arriba a Informaciones, o al revés. Lo redimía el higiénico cinismo profesional. Ahora, el salario del miedo incluye succionar ciruelos con siglas e insultar a los colegas como si la independencia personal fuera incompatible con el oficio.

 

Secundar a la empresa hasta en sus guerras y disparates. Así, redactores culturales que antes sólo hablaban de libros o teatro escriben también columnas de opinión donde atacan a este partido o defienden a aquél; y hasta el becario que trajina noticias locales debe meter guiños en contra o a favor, demostrando además que se lo cree de verdad, si quiere seguir empleado…

 

También resulta educativo comprobar que dos o tres columnistas de un prestigioso diario afecto al actual Gobierno, hasta ayer mismo dispuestos a tragárselo todo, han bajado unánimes, como un solo hombre y una sola mujer, el incienso a un punto más tibio, adoptando cautas distancias desde que página editorial de su periódico empezó a incluir críticas hacia el presidente Zapatero. Obligaciones de empresa aparte, los hay también que nunca pierden ningún tren, porque corren delante de la locomotora.”

 

   
 
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