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No es infrecuente que en la aceptación de trabajos por parte de revistas pretendidamente científicas y editoriales influyan cuestiones alejadas de valoraciones objetivas y neutrales. Muchos trabajos son filtrados en función de criterios espurios; querencias, relaciones privilegiadas e intereses inconfesables, que a veces llevan a seleccionar trabajos mediocres y a dejar en la estacada a autores y obras dignas de elogio.

05.02.2012

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la culpa del otro

 La culpa del otro (Rafael Argullol, en Tribuna, El País, 31 de mayo de 2009)

No salimos de nuestro asombro cuando el Informe PISA sobre la enseñanza en España nos habla del fracaso de nuestro sistema educativo. Y no puede decirse que sea por falta de recursos, porque otros países con menos fondos destinados a educación salen mucho mejor parados. Hay diversos factores que lo explican, pero Rafael Argullol mete el dedo en la llaga, porque entre todas las causas la principal está en que nos hemos olvidado de nuestra responsabilidad como ciudadanos y optamos por echar la culpa a los demás, a los maestros, a los gobiernos, a la televisión  (algunos de ellos la tienen y mucha), actuando de una manera cuando menos hipócrita. Del su artículo extractamos lo siguiente:  

 "...Voy a una comida en la que varios de los comensales están interesados en hablar del analfabetismo de los jóvenes actuales. Algunos de los presentes acusan a los maestros y al sistema educativo; otros, a la televisión, a la tecnología o al consumismo. Los aparentemente más perezosos se vuelcan en los políticos, cabezas de turco cuando se agotan los argumentos...

Cuando los informes sobre la educación en España provocan sorpresa y alarma por sus cifras catastróficas no deja de insinuarse un cierto paralelismo con las reacciones de supuesta incredulidad ante el desastre especulativo en nuestra economía. Durante años hemos contemplado con pasiva complicidad el hinchamiento surreal de lo que los propios comentadores económicos presentaban con la vistosa denominación de burbuja inmobiliaria. Casi nadie, al parecer, quería pararse a pensar cuándo estallaría. Y aunque parezca un asunto lejano, algo muy semejante ha ocurrido con respecto a la burbuja educativa (o antieducativa, si quieren). Es cómico, y patético, que alguien se rasgue las vestiduras ante el balance del informe PISA sobre la enseñanza en España, el mismo tipo de hipocresía de los que, de pronto, han descubierto la destrucción de la Manga del Mar Menor o de la Costa del Sol.

Por eso no acabo de estar de acuerdo con la mayoría de los comensales con los que comparto mantel y aparente preocupación por el porvenir. Es verdad que nuestras escuelas y universidades dejan mucho que desear por bien que lo intenten hacer bastantes docentes; es verdad que los sucesivos gobiernos han acabado de destrozar el sistema educativo con leyes contradictorias y utilitarismos obscenos; naturalmente también es verdad que distintas idolatrías, empezando por la televisiva, han hecho mella en el espíritu de los adolescentes. Sin embargo, todas esas verdades no son suficientes para explicar esa burbuja educativa que ahora turba a algunos.

Para llegar al fondo sería necesario que cayeran las máscaras y apareciera el rostro del responsable último, que no es otro que el ciudadano; o, más bien, de quien debiera ser ciudadano, asumiendo las responsabilidades del bien común (¡qué añeja suena ya la expresión!) en lugar de delegarlas, convertidas, eso sí, en culpas: culpa del consumo. Culpa, en definitiva, del otro, de todos los "otros" que seamos capaces de acumular para evitar la propia responsabilidad.

Cuando se pregunta por el grado de barbarie de los jóvenes lo cierto es que debería preguntarse por el grado de barbarie de los ciudadanos ¿Cuánto abandonismo, cuánta cobardía, cuánta vulgaridad han debido ser convocados en estos últimos tiempos para que se otorgue ese suspenso tan apabullante a la educación de nuestra sociedad? No deja de ser elocuente que el hundimiento final del sistema educativo español se haya producido en los años de las vacas gordas, en plena exaltación del novorriquismo y con nuestros gobernantes alardeando de potencia económica, la "octava del mundo". En apariencia los ciudadanos españoles estaban felices con la acumulación de propiedades, siempre que no se tratara de libros, no fuera que los niños se desconcertaran con tales extraños objetos."

   
 
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