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20.05.2012

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Sobre el urgente fortalecimiento de la sociedad civil

 

"Desde luego, dice el autor, no hablamos de la virtud del cortesano, que adopta una actitud obsequiosa y, con la espalda convexa, es proclive a la deferencia hacia el poder y al compromiso acomodaticio con éste, la vista puesta en su medro particular; sino de la del ciudadano, que, con la espalda recta, mira a sus líderes políticos a los ojos, y los mira, incluso, como si tuviera la vista puesta, a través de ellos, en el bien común". 

  

(Notas sobre la conferencia titulada “tradición ciudadana versus tradición cortesana: sociedad civil y política en la España de hoy”,  pronunciada por Víctor Pérez Díaz pronunciaba ante el Círculo de Empresarios)
 

Hace apenas un año (18 de Junio de 2007) Víctor Pérez Díaz pronunciaba ante el Círculo de Empresarios una interesante conferencia titulada “tradición ciudadana versus tradición cortesana: sociedad civil y política en la España de hoy”, impresa y disponible a través de Internet.  

En el prólogo Claudio Boada, a la sazón presidente del Círculo de Empresarios, se refiere a la queja que se viene expresando por la intromisión de los poderes políticos en campos de actuación propios de la sociedad civil, aunque reconociendo que esto era debido a que ésta última no estaba haciendo lo suficiente por ocupar los espacios que le correspondían.

En esa presentación se subraya la urgente necesidad de fortalecer las instituciones de la sociedad civil como elemento esencial para el desarrollo de la calidad del sistema democrático en España. Por eso, dice Claudio Boada, se emitió una nueva declaración conjunta en la que se hacía un llamamiento para que la sociedad civil, por medio de sus instituciones, participe en los procesos de consulta, decisión, gestión y control de las políticas públicas. 

Leyendo la conferencia de Víctor Pérez Díaz encontramos un diagnóstico claro sobre el debilitamiento de la sociedad civil (a nadie le sorprenda que sea referido a la sociedad española actual, aunque los más optimistas pudieran pensar que es más propio de la del siglo XIX) y un remedio a aplicar con urgencia: robustecer la tradición ciudadana frente a la tradición cortesana. 

Víctor Pérez Díaz tiene autoridad sobrada para decir lo que dice. Es Catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, y autor de La primacía de la sociedad civil (Madrid, Alianza, 1993); España puesta a prueba 1976-1996 (Madrid, Alianza, 1996) y miembro de la American Academy of Arts and Science. De entrada recuerda el conferenciante que la sociedad civil, integrada por las asociaciones, redes sociales e incluso por las familias, ha de ser vista como un orden de libertad que puede corromperse. Una sociedad conciliada y en paz consigo misma, en la que los miembros de la sociedad civil adoptan lo que los romanos llamaban un vivere civile o un vivere civiliter: la vida propia de quienes son al tiempo, e indisolublemente, ciudadanos, agentes libres en una economía de mercado, y miembros de asociaciones voluntarias. En todas estas esferas, definen su libertad particular no por la ausencia de poder sino, por el contrario, por el ejercicio de poder, o, más bien, de poderes múltiples, regulados y orientados, rectamente, a mantener ese orden de libertad. Pero para mantener esta orientación recta y no desviarla hacia la injusticia, estas personas habrán de cultivar un conjunto indisolubley unitario de virtudes civiles y cívicas, entrelazadas. 

Por el tiempo transcurrido, el problema ya no puede identificarse sólo con lo vicios heredados de la dictadura franquista. Señala Víctor Pérez Díaz que las clases políticas del franquismo, los cesaristas de entonces, a lo largo de cuarenta complicados años, acostumbraron a la sociedad, por un lado, a la pasividad respecto a la cosa pública y la deferencia hacia los políticos de turno, y, por otro, a la búsqueda de sus arreglos, asegurándose la supervivencia y procurando el avance de su interés. Pero después de tanto tiempo, dice Victor Pérez Díaz, que “cabe añadir, y aquí viene nuestro problema, que lo que las clases políticas de la democracia (a lo largo de treinta años, no menos complicados) han hecho y están haciendo es acostumbrarse a vivir dando por descontado nuestra pasividad cívica (y nuestra deferencia hacia ellas) a la hora de resolver los problemas del país”.

Estas clases políticas, dice el conferenciante, no acaban de reconocer, o reconocen a medias, que son nuestros representantes sólo para ejercer un poderpolítico limitado y condicionado por nuestro consentimiento. No atienden al hecho de que si los ciudadanos soberanos nos reducimos a ser meros votantes, y nuestra participación en la cosa pública se reduce a poco más que a votar, nuestra virtud cívica se atrofia y desaparece. Distan de comprender, subraya Víctor Pérez Díaz, que este país tiene problemas enormes e intrincados, urgentes y crecientes, que desbordan la capacidad de cualquier clase política, incluida la suya. Problemas inabordables si no son abordados por la sociedad entera, con los ciudadanos primero, y los políticos profesionales, con frecuencia, detrás. 

El diagnóstico es rotundo, y lo importante para Victor Pérez Díaz es ver en qué grado puede estar la sociedad civil sometida a un proceso si no de corrupción (porque la expresión nos parezca excesiva) sí al menos de erosión y de desorden importantes, y en qué medida ello puede ser fomentado por la falta de virtud cívica (el espíritu de servidumbre) de los diferentes miembros de la comunidad. 

Aboga el conferenciante por recuperar la prudencia que no se deja ofuscar por la demagogia de unos políticos profesionales o las tergiversaciones de unos ideólogos; de la justicia propia de un orden de libertad y no del desorden del resentimiento, o la arrogancia de unos u otros oligarcas; de la fortaleza para asumir riesgos y enfrentarse con los peligros, interiores o exteriores, y de la templanza para moderar los propios sentimientos y para no caer en los odios cainitas que conducen a la guerra civil. 

Desde luego, dice el autor, no hablamos de la virtud del cortesano, que adopta una actitud obsequiosa y, con la espalda convexa, es proclive a la deferencia hacia el poder y al compromiso acomodaticio con éste, la vista puesta en su medro particular; sino de la del ciudadano, que, con la espalda recta, mira a sus líderes políticos a los ojos, y los mira, incluso, como si tuviera la vista puesta, a través de ellos, en el bien común.

   
 
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