La vida es sueño
Fernando García de Cortázar
Siempre
hay quien quiere que las cosas sean blancas o negras, sin incertidumbres, sin
matices. Siempre hay aficionados a sustituir los puntos de vista de una época
pasada -los únicos válidos para captar y comprender al autor y su obra- por los
actuales parámetros morales… Nuestro tiempo, que reduce la vida y la cultura a
la política y la política a la propaganda, se contenta muchas veces, muy de
acuerdo con el nivel moral que lo distingue, con juicios de este tipo. Tratemos
de saber si Marco Aurelio, Dante, Erasmo, Montaigne,
Cervantes o Goethe, eran de izquierda o derecha. La
estupidez de tan elemental clasificación salta a la vista.
Fernando García de
Cortázar subraya los perversos efectos de las versiones vulgares y
superficiales de nuestra historia; la aceptación de clichés o etiquetas que han
conducido a relegar a los gigantes de la cultura y de la historia de España, muy
a menudo por ignorancia o desconocimiento. Se refiere a la desaparición de la
obra de Baltasar Gracián El criticón de los colegios
españoles, pero también alude al desprecio de la obra de Calderón de
De su artículo extractamos lo siguiente:
*… Ante un público compuesto en su mayoría por
universitarios, el hispanista Henry Kamen trazaba un
retrato objetivo, con luces y sombras, de Felipe II, el gran rey burócrata, el
de los ojos que todo lo ven y todo lo ocultan, según el secretario felón
Antonio Pérez, sin duda uno de los monarcas más enigmáticos, más replegados
sobre sí que conoce la historia… terminada la conferencia, los universitarios
empezaron a descalificar a Felipe II… Al final, fatigado, Kamen
dijo: «Es inaudito. Los únicos en todo el mundo que se creen ya
Siempre me ha intrigado esa
prisa en aceptar versiones de una vulgar superficialidad respecto a la
historia. Siempre me ha avergonzado esa manía de tratar nuestro pasado como
algo que puede modificarse, o al menos como algo que podemos darnos la
satisfacción de reprochar a alguien, al adversario político en concreto. Y
abochorna más aún el olvido y el silencio ingrato con que menospreciamos partes
enteras de nuestra cultura. Mientras mi amigo periodista terminaba de contarme
la anécdota de El Escorial, yo pensaba en algo que me había ocurrido unos meses
atrás. Pensaba en un catedrático de instituto que, después de una conferencia
durante la que había mencionado de pasada a Baltasar Gracián,
se acercó para decirme que el autor de El Criticón, el último gran moralizador
de la corriente estoica, ya no existe en los colegios españoles, ha
desaparecido. Ya no se enseña a Gracián, me dijo con
cierta melancolía y cautela diplomática….
Se trata, en realidad, de la
sombra alargada de una sola historia, un reflejo más del desprecio que en
España cultivamos hacia nuestra propia historia, que está llena de terribles
sombras, pero que es grandiosa…
El propio Gracián,
muerto y enterrado en el mismo lejano siglo, y más valorado, mucho más valorado
afuera, por Goethe, Kant o Schopenhauer, que dentro de España, también parece
advertirlo, aunque con más resignación, como si no pareciera importarle
demasiado: «¡Oh alabanza que siempre viene de los
extraños! ¡Oh desprecio que siempre llega de los
propios!».
Los ejemplos pueden
multiplicarse hasta el cansancio, y conducirnos a la melancolía estéril. ¡La
estupidez, la monserga, la ignorancia y el desconocimiento respecto de nuestros
gigantes de la historia y la cultura son tan vergonzosos, y las lagunas de
nuestros políticos tan abundantes! Y sin embargo, no todo está perdido.
Porque también hay
acontecimientos y empresas arriesgadas capaces de entusiasmar y devolver la
esperanza. Como el montaje teatral de La vida es sueño, de Calderón de
Si a Gracián
se le reprocha oscuridad, a Calderón, a partir del siglo XVIII, se le echa en
cara su catolicismo monolítico y antipático.
Siempre hay quien quiere que
las cosas sean blancas o negras, sin incertidumbres, sin matices. Siempre hay
aficionados a sustituir los puntos de vista de una época pasada -los únicos
válidos para captar y comprender al autor y su obra- por los actuales
parámetros morales. Hoy no es nada extraño escuchar entre algunos intelectuales
y no pocas gentes del teatro que Calderón es un implacable clérigo y paladín de
Nuestro tiempo, que reduce la
vida y la cultura a la política y la política a la propaganda, se contenta
muchas veces, muy de acuerdo con el nivel moral que lo distingue, con juicios
de este tipo. Tratemos de saber si Marco Aurelio, Dante, Erasmo, Montaigne, Cervantes o Goethe,
eran de izquierda o derecha. La estupidez de tan elemental clasificación salta
a la vista. ¿Por qué? Porque somos mucho más que abstracciones o símbolos,
porque somos algo mucho más complejo, caótico, caprichoso y cambiante que lo
que quieren hacernos pensar los herederos de Robespierre
y los ciegos e ingenuos devotos del turismo revolucionario.
Leí por primera vez La vida es
sueño cuando aún no era más que un adolescente, y de aquella aventura me quedó
un relámpago de fascinación: el mismo, pero ahora hecho realidad sobre un
escenario, que me ha dejado la adaptación de Juan Carlos Pérez de
Después de Sófocles, de Shakespeare, debemos colocar a Calderón, dijo Goethe, quien después de poner en escena varias obras del
autor español en Weimar confesó a Eckermann
que si toda la poesía del mundo desapareciera se podría restaurar con una sola
de esas piezas, El príncipe constante. Qué raro, si nos paramos a pensarlo, que
hoy aparezca un director español dispuesto a descubrir los tesoros del arte y
del pensamiento calderoniano. Qué fabuloso regalo navideño. Porque quien asista
estos días de diciembre al Teatro Albéniz volverá a
descubrir que la literatura es parte de una de las conjuras más eficaces a
favor de la felicidad, y que en esa conjura se encuentra La vida es sueño, del
pesimista Calderón de
Fernando García de Cortázar, catedrático
de Historia Contemporánea de