Cuadro de texto: Critica el autor el Decreto 1312/2007, que revoluciona el sistema de acceso a plazas docentes, sustituyendo la habilitación nacional por la acreditación. Esta es, la opinión del autor:
«(…) Los aspirantes ya no tendrán que pasar por el reaccionario y engorroso trance de demostrar sus conocimientos en sesión abierta, ante un tribunal que, a la vista de todos, les interroga sobre temas de su especialidad. Se acabaron esos patéticos autos de fe: ahora un grupo de esclarecidos dictaminarán en pocas horas sobre los méritos académicos de decenas de candidatos, sin que éstos tengan que “retratar- se” públicamente mediante un examen a pecho descubierto. Y lo hará con justicia y objetividad, naturalmente (quién osaría dudarlo?).
Cada llegada del PSOE al poder se salda indefectiblemente con una nueva estocada a la meritocracia universitaria. En 1983, el Gobierno socialista se precipitó a abolir el viejo sistema de oposiciones a cátedra, legendario por su dureza (los célebres seis ejercicios: la trinca, la encerrona, etcétera); en aquel sistema podría haber —como las sigue habiendo— componendas entre facciones académicas, pero el opositor que sobrevivía a ordalías tan severas acreditaba en todo caso un mínimo de preparación científica. La LRU de 1983 sustituyó aquellas oposiciones nacionales por concursos locales mucho menos arduos (para empezar, no se exigía al candidato que acreditase el dominio de todo un temario, sino sólo que explicase su currículum y visión de la asignatura, y a continuación defendiese un tema de su elección), juzgados por tribunales endogámicos (la universidad convocante nombraba dos de los cinco miembros) que garantizaban que casi siempre resultase elegido el candidato local. La LRU provocó la provincianización y el adocenamiento de la universidad española. Sin duda, siguen existiendo en ella muchos prcfesores capaces, pero tales personas están ahí a pesar del sistema LRU, no gracias a él. El talento es difícil de erradicar; como un organismo extremófilo, sobrevive incluso en las condiciones más adversas.
La LOU (la ley del PP) intentó corregir algunos desaguisados: se volvía a establecer un tribunal nacional de siete miembros (para romper las taifas endogámicas), y se reintroducía —en las habilitaciones a titularidad— la posibilidad de que el opositor fuese interrogado sobre Cuadro de texto: cualquier lección del temario (y no sólo sobre un tema escogido por él). Vuelto el PSOE al poder, opta ahora por una solución en verdad expeditiva: la mejor oposición es... la oposición inexistente. El PSOE ha demostrado históricamente su aversión a todo lo que suponga competición entre talentos, en condiciones objetivas y públicas. Los concursos no se hicieron para ellos. Ya avisa el ministro Bermejo de que las oposiciones de judicatura podrían tener también los días contados.
El ataque sistemático a todo lo que implique selección y excelencia académicas
—sea en la enseñanza media (la malhadada Logse), sea en la superior— supone quizás la peor traición de la izquierda contemporánea a sus esencias originarias. El sistema de oposiciones públicas representó en su momento una conquista progresista: la selección por la cuna o la clase social era desplazada por la selección meritocrática; la jerarquía intelectual prevalecía sobre la socioeconómica. En cuanto tal, era mirado con sospecha por los pudientes; en 1873, el filósofo Ch. Renouvier defendió el sistema de concursos frente a “esos burgueses, poco amigos de una igualdad de oportunidades que elevaría a los obreros a su propio nivel”.
La izquierda actual, desnortada, parece empeñada en demoler sus más limpias conquistas de antaño. Su referencia intelectual ya no es Renouvier, sino P. Bourdieu, que considera que las oposiciones —y, en general, los mecanismos meritocráticos— no son sino tapaderas ideológicas de la “reproducción” del orden social (según él, la jerarquía meritocrática se limita a replicar la estratificación económica: las oposiciones existen para que las ganen los ricos). Bourdieu desprecia toneladas de estadísticas que muestran que mientras fueron exigentes y selectivas (es decir, mientras la izquierda no las devastó con leyes como la LOGSE o la LRU) la escuela y la universidad públicas funcionaron como eficaces “ascensores sociales”. La izquierda ya no cree en el mérito: es su mayor tragedia.»
La Tribuna, Diarios del Grupo Joly, 
12 de noviembre de 2007.




Cuadro de texto: Con la LRU los aspirantes “fueron juzgados por tribunales endogámicos”, lo que provocó la “provincianización y el adocenamiento de la universidad española”. Hoy se descarta, nuevamente, el sistema de oposiciones Cuadro de texto: GOLPE A LA UNIVERSIDAD
Francisco J. Contreras