Cuadro de texto: Expone León Lasa el punto de vista de Laes linden sobre el cambio climático, subrayando la influencia que está teniendo en este fenómeno la desforestación de las grandes selvas tropicales. Llama la atención también sobre la vida austera de este científico sueco, uno de los mayores expertos mundiales en bosques tropicales, en contraste con lo que él llama ecologistas de diseño. Esta es, la opinión del autor:
«Laes Linden: a contracorriente. Escondido entre matas y árboles de lo que parece un remedo de la foresta amazónica vive, rozando la indigencia, un sueco que ha sido y es uno de los principales expertos mundiales en bosques tropicales. Ha trabajado para la FAO, para diferentes universidades, y no parece, desde luego, un charlatán de feria: es ingeniero de Montes y doctor en Agricultura Tropical por la Universidad de Cornell, en Estados Unidos. El señor Linden, un anciano todavía en buena forma, fue entrevistado hace poco para este periódico en su retiro de Castellar (Cádiz) y no estaría de más recordar alguna de sus manifestaciones a contracorriente de la tesis dominante (ya se sabe cómo son estos nórdicos), ahora que acabamos de recibir al nuevo mesías de la ecología de diseño. Pues bien, decía que el señor Linden niega de forma tajante que sea la emisión de CO2 la principal responsable del cambio climático. Según él, el calentamiento global, cuya obviedad a estas alturas no se discute por casi nadie en su sano juicio o que no viva en una burbuja ionizada, se debe sobre todo a la deforestación de la selva tropical de países como Zaire, Brasil o Indonesia; que es sobre todo esa rala indiscriminada y salvaje la que está alterando el termostato del planeta, con independencia de otras causas coadyuvantes. Y es que la pluviselva, siempre según Linden, constituye el principal elemento de fijación y absorción del CO2. En resumen, parece querer decirnos el sabio sueco desde su escondite que si continuamos destrozando la cubierta verde, de poco servirá que optemos por la bicicleta en lugar del Hummer.
Una verdad en absoluto incomoda. ¿Se puede defender el medio ambiente y vivir en una casa de 930 metros cuadrados? Parece que sí. ¿Se puede alarmar sobre las consecuencias de las emisiones de CO2 y viajar en avión privado? También parece que sí. ¿Se puede realizar un consumo de luz veinte veces superior a la media norteamericana y sermonear a medio mundo sobre las bondades de una vida en verde? Perfectamente. De forma distinta piensan, desde luego, en el Tennessee Center for Policy Research (www.tenneessecenter.co), Cuadro de texto: donde se recogen cifras que no han sido desmentidas por la familia Gore: la factura anual de electricidad del que “iba a ser el próximo presidente de Estados Unidos” asciende a más de 24.000 euros. Una fruslería. Hemos de reconocer que, a través de la cacharrería mediática que le rodea, Gore ha conseguido poner en la agenda la evidencia del cambio climático. Pero también hemos de convenir que, a diferencia del educado sueco que malvive en un pequeño chamizo en Castellar, Gore ha hecho de ello un lucrativo modo de vida que en nada casa con la soflama de austeridad que predica. Ni él ni la mayoría de nosotros somos consecuentes. Y vuelvo a plantear la duda que me dejó el artículo de Linden: ¿qué tiene mayor responsabilidad en el calentamiento terrestre, las crecientes emisiones de CO2 a la atmósfera o la disminución acelerada de cubierta vegetal que hasta ahora absorbía aquéllas?
La huella ecológica. Según hemos sabido hace poco, cada español consume y genera casi tres veces la biocapacidad de nuestro territorio, esto es, la posibilidad de regeneración de nuestros recursos naturales. Ese es nuestro nivel de insostenibilidad, o, dicho en términos pedantes, el gap que existe entre nuestra verborrea y nuestras acciones. Y lo más preocupante es que, a pesar de las políticas que se han puesto en marcha destinadas a reducir en la medida de lo posible nuestro impacto ambiental, no se prevé una reducción de esa huella en bastantes años. En esta línea de concienciación medioambiental —y éticas indoloras, insisto—, el fundador de las famosas guías de viaje Lonely Pienet ha abogado por reducir los viajes relámpagos a los que nos hemos hecho tan adictos los occidentales, en una sociedad que ha consagrado el perpetuum mobile, por la gran cantidad de CO2 que liberan. Estoy de acuerdo con él, lástima que la declaración la haya efectuado un mes después de vender la editorial a la británica BBC Mundo y no antes. ¿Por qué no viajar, en cambio, por la ruta de la seda sin contaminar un ápice, con el último libro de Colin Thubron, esa maravilla?
Post Iter. Me quedo con la versión sueca, de Claes Linden, sobre el cambio climático: éste es innegable y está relacionado con el CO2, pero no sólo con el que emitimos, sino con la creciente incapacidad para absorberlo de un planeta absolutamente agostado. Y admiro también su forma de vida: coherente con lo que defiende, austero, alejado de las alharacas, y escondido de los focos (ecológicos, desde luego).»
La Tribuna, Diarios del Grupo Joly, 
30 de octubre de 2007.
Cuadro de texto: ¿Se puede realizar un consumo de luz veinte veces superior a la media norteamericana y sermonear a medio mundo sobre las bondades de una vida en verde?
Cuadro de texto: MODELO SUECO DE CAMBIO CLIMÁTICO 
León Lasa